Las cualidades primigéneas

En la Astrología occidental mantenemos un sistema de cuatro elementos, sobre el que se basa gran parte de nuestro arte. A mi juicio, hay cuatro grandes fases en el desarrollo del esquema elemental en Occidente:

Como muy bien explica J. Lee Lehman en su excelente Classical Astrology for modern living, el sistema de los elementos de la tradición occidental tiene su origen no en la Astrología, sino en la medicina de Hipócrates. La astrología llegó a la Grecia clásica después de que muchos de sus fundamentos cosmológicos hubieran sido firmemente establecidos. De hecho, se puede pensar que si la astrología encontró en Grecia un terreno fértil sobre el que crecer, se debe, en gran medida, a que se acomodaba con facilidad a lo ya existente, al conjunto de ideas que ya estaban presentes en la mentalidad clásica.

La medicina hipocrática, cuyo corpus fundamental se constituyó cuatro siglos antes del comienzo de la era cristiana, estaba basada en la idea de que la salud sólo podía ser alcanzada y mantenida a través de una vida equilibrada. El principal activo para lograr este equilibrio era la dieta, de modo que la correcta combinación de alimentos (o mejor dicho, de determinadas cualidades inherentes a los alimentos), podía proporcionar la salud. Para Hipócrates, esas cualidades, que denominaremos primigéneas, eran cuatro: calor, frío, humedad y sequedad.

Como es lógico, no se trata aquí de cualidades físicas, de categorías medibles por medios físicos, sino de conjuntos de significados de carácter filosófico. Si pretendemos entender las cualidades primigéneas desde nuestra perspectiva contemporánea cientifista, cometeremos un error de apreciación grave.

Por decirlo de algún modo, las cualidades primigéneas, como los elementos que surgieron después, representan cualidades de la energía a las que se pueden adherir núcleos de significado. Así, el calor representa mucha energía, movimiento e incluso calor físico. El frío implica poca energía, inmovilidad y también el frío (subjetivo) que podemos notar con nuestros sentidos. No estamos hablando aquí de temperatura, pues en ésta no hay calor ni frío, sino una medida objetiva a lo largo de una escala, sino de cualidades filosóficas que tienen su manifestación en la vida cotidiana.

En el plano humano, el enfoque "cálido" de la realidad implica hacer todo lo posible para llegar a un resultado. Es un enfoque activo, que parte de la base de que la vida presenta desafíos que deben ser conquistados. La visión "fría" de la realidad, obliga a esperar que un problema determinado se esfume, o bien que se resuelva por sí mismo sin necesidad de hacer nada. El calor necesita "hacer", el frío se centra en la "no-acción".

Por su parte, la energía "seca" implica la existencia de lo sólido, lo rígido, mientras que la energía "húmeda" es fluida e informe. Lo sólido es claro, definido, mientras que lo húmedo es ambiguo. El pensamiento sólido está orientado a los objetos materiales, lo físico, busca la objetividad. Mientras, el pensamiento húmedo se orienta hacia lo inmaterial, el espíritu, y es fundamentalmente subjetivo.

Las cualidades del Frío y el Calor, se consideran activas, es decir, que actúan sobre la Naturaleza. Por su parte, las cualidades de la Sequedad y la Humedad se consideran pasivas, ya que es la Naturaleza la que actúa sobre ellas.

Una de las cuestiones que surgen a partir de aquí, y que a mi juicio revelan la debilidad del sistema, así como algunas confusiones presentes, es el concepto de "equilibrio". Si alguien junta lo frío y lo caliente, obtiene lo templado, es decir, una cualidad intermedia que no es ni lo primero ni lo segundo. De este modo, el equilibrio sería algo parecido a la falta de matices, a lo que no es "ni esto ni aquello", lo indefinido.

Pero ¿acaso el equilibrio está en lo templado? Si entendemos el equilibrio energético como una especie de "media aritmética" de las energías, sí. Pero si entendemos el equilibrio como una cualidad de orden superior a los elementos con los que se construye, es decir, no como una mera operación matemática o física, sino como un núcleo de significado por derecho propio, nos encontramos ante un problema.

¿Puede una persona ser caliente y fría al mismo tiempo? ¿y puede al mismo tiempo estar en equilibrio? Si observamos este problema desde una perspectiva puramente astrológica, podemos verlo como una cuestión de oposiciones. La oposición, como sabemos, es una categoría conceptual que reconoce la cualidad creativa de la polaridad. La luz necesita de la oscuridad, del mismo modo que la vida necesita de la muerte para autodefinirse. Estas polaridades son creativas, por cuanto generan movimiento, cambio, y lo hacen porque ninguno de los dos extremos puede vencer al otro, pero tampoco pueden prescindir de él. La muerte acaba con la vida, pero la vida se regenera continuamente a pesar de la muerte.

El calor y el frío, como lo seco y lo húmedo, coexisten dentro de nosotros y generan tensiones, polaridades, pero también creación. Ahora bien ¿puede haber equilibrio en esta batalla interior? ¿acaso es posible experimentar ese estado sin perder la tensión creativa?

Evidentemente, si existe el concepto de equilibrio (el núcleo de significado), es porque hay algún modo de aproximarse a él desde nuestra perspectiva humana, ya que si existe el significado es porque nosotros existimos. Probablemente, el equilibrio está en la posesión consciente, es decir, posesión significativa, y en el correcto uso de todas las energías.

Para entender mejor esto, quizá debamos salir un instante del marco conceptual en el que nos hemos estado moviendo y echar un vistazo al concepto taoísta del chi. En la filosofía china, el chi es, como sabemos, la energía universal que contiene todos los opuestos. Se representa como un círculo que contiene lo blanco y lo negro como mitades que están perpetuo movimiento para convertirse en la otra parte. Cada zona del círculo contiene la semilla de su opuesta, expresada como un pequeño punto blanco en el segmento negro y un punto negro en el blanco. No se puede conocer ni experimentar una parte sin saber que es la semilla de la otra.

En los textos de inspiración taoísta, se pone gran énfasis en la correcta aplicación de la energía. Un poco de energía en un momento propicio, puede lograr grandes resultados, mientras que un gran torrente energético, desbordado en un momento inapropiado, sólo lleva al agotamiento y el caos. Es decir, hablan de la posesión consciente y del uso correcto de estos núcleos de significado.

Los opuestos no se anulan, coexisten, crean, y aunque alguno gobierne en un momento determinado, sólo está a la espera de ser reemplazado por el otro. En esa dinámica, Empédocles primero, y Aristóteles después, dieron forma al sistema elemental que la Astrología ha hecho suyo.

© Octavio Déniz