Cuidando nuestra salud emocional

Cuidar nuestra salud emocional es una responsabilidad de todos y cada uno de nosotros. En primer lugar porque nos ayuda a estar bien, a sentirnos más seguros y a vivir con más plenitud. En segundo lugar, porque si estamos bien, hacemos el mundo un poco más habitable para todos.

Así, del mismo modo que cuidamos nuestra salud física a través de la alimentación, el ejercicio y el descanso, nuestra salud emocional requiere de un poco de nuestro tiempo y atención.

No pretendo agotar el tema con este simple artículo, pero sí te invito a reflexionar sobre algunas ideas que se exponen a continuación:

La primera impresión no es siempre la más acertada, la primera idea no suele ser la mejor.

Siempre que sea posible, piensa antes de actuar. Las palabras son ligeras, los hechos permanecen.

Expresa tus sentimientos, pero recuerda que enfrente hay otra persona con otra visión del mundo y otros valores. No puedes ponerte en su piel, pero puedes aceptar que es diferente.

Los valores cambian, los sentimientos también. Tienes derecho a cambiar de ideas y de sentimientos. Los demás también.

Reconoce que a veces no eres capaz de entender tus propios actos o motivaciones. Así que no exijas que los demás te comprendan siempre.

Aprende a no juzgar y a no juzgarte. La crítica solo sirve cuando se hace desde el amor y de manera constructiva, aportando soluciones. Como norma, si te sorprendes criticando, añade a continuación un comentario positivo.

Observa tus respuestas emocionales habituales. ¿Cómo te sientes cuando las cosas no salen como tú quieres, o cuando alguien te critica, o cuando te alaba? Si es necesario, ponlo por escrito. Verás que hay patrones que se repiten. Algunos requerirán ayuda profesional, otros se pueden cambiar si eres consciente de ellos.

No intentes borrar un hábito negativo, mejor cámbialo por uno positivo.

Lo que tú quieres no es siempre lo mejor para ti. A veces, la mayor victoria es una derrota. Lo que hoy es importante, mañana no lo es.

Deja que la vida te marque los límites, no te los pongas tú de antemano.

Escucha lo que te dicen aunque no estés de acuerdo. En todas partes hay un átomo de verdad, pero tampoco vivas de opiniones prestadas.

No aceptes que nadie te agreda física o verbalmente, pero tampoco busques venganza. Aléjate de esa persona lo antes posible. Deja que siga su camino y sigue tú el tuyo.

Ayuda cuando puedas, pero ayúdate tú primero.

Piensa de manera positiva y confía, pero sin caer en la ingenuidad.

Cuando hagas algo, hazlo lo mejor posible, pero no busques la perfección. El perfeccionismo es la excusa de los que no quieren comprometerse con el resultado.

Ten siempre una meta o una ilusión. Si no la tienes, invéntala. Por el camino encontrarás las metas verdaderas.

No te preocupes de las grandes palabras (dios, justicia, paz, destino) y ocúpate de los pequeños hechos cotidianos. Si quieres que el mundo sea mejor empieza haciendo mejor tu mundo.

Sé libre en tu corazón, pero comprométete con las personas que te rodean.

Hazte responsable de tus sentimientos. No culpes a los otros por cómo te sientes. Lo que hacen o dicen los demás es responsabilidad suya. Tu respuesta ante ellos es responsabilidad tuya.

Cuando te domine la ira, toma distancia, deja pasar un tiempo y no actúes por automatismos. Si no eres una máquina inconsciente, no actúes como tal.

Ocúpate menos de cómo se comportan los otros y más de cómo re comportas tú. No tenemos poder para cambiar a los demás, pero sí tenemos poder para cambiar nosotros.

Aprende a decir "no" y respeta a quien te dice "no", porque quien te lo dice, te respeta.

Cuando una relación se acabe, actúa con generosidad.

Si alguien tiene más que tú, alégrate. Hay para todos, y sobra.

No tengas prisa en conocer a alguien. Si esa persona es para ti, no se te va a escapar. Si no lo es, lo sabrás a tiempo.

Si quieres que te amen, ama tú primero.

© Octavio Déniz