Emociones conflictivas. Breve manual de uso

Existen y no las podemos evitar. Las emociones conflictivas, aquellas que nos provocan dolor o que nos hacen manifestar comportamientos que no nos gustan, forman parte de nuestra experiencia vital.

Por muy desagradables que puedan ser, las emociones difíciles como la ira, la vergüenza o la tristeza, tienen una función. En muchos casos son necesarias para abrir nuestra conciencia, para descubrir qué es lo que no nos gusta o qué límites tenemos que establecer en nuestra vida.

En cierto modo, podemos entender las emociones conflictivas como una señal de alerta, no como un mal en sí. Del mismo modo que la fiebre no es en sí una enfermedad sino un síntoma, las emociones pueden ser comprendidas también como síntomas de nuestros males emocionales.

Ahora bien, ante el impacto negativo de estas emociones surgen varias preguntas: ¿cómo afrontarlas? ¿Cómo obtener lo mejor de ellas? ¿Cómo reducir su impacto negativo? Sobre todo teniendo en cuenta que aquellas emociones que no se resuelven, que se vuelven crónicas, acaban afectando a nuestra salud física, así como a las relaciones que establecemos con otras personas.

La buena noticia es que sí se puede hacer algo con estas emociones. En realidad se pueden hacer muchas cosas positivas, pero yo te propongo un enfoque simple, basado en cuatro pasos.

Poner nombre a la emoción

No es infrecuente encontrar personas a las que les cuesta poner nombre a sus estados de ánimo. En ocasiones esto es debido a que la persona no está conectada consigo misma. Sabe que le ocurre algo, pero no sabe qué es.

En otros casos, existe un componente de autorrepresión emocional, que se basa en creencias como: "no está bien sentir enfado", "hay que perdonarlo todo" o "la tristeza es un síntoma de debilidad".

Así que cuando te invada una emoción conflictiva no vale con decir: "me siento mal". Es preciso, aunque sólo sea para uno mismo, dar nombre a esa emoción. ¿Es miedo? ¿Es tristeza? ¿Enfado? ¿Repugnancia? ¿Pasividad? ¿Vergüenza?

Consejo práctico: cuando te asalte una emoción intensa y de carácter conflictivo, párate un instante y pregúntate: "¿cómo se llama esta emoción?". No temas la respuesta, simplemente acepta lo que surja y pasa al siguiente punto.

Re-sentir la emoción en el cuerpo

Somos seres mentales. Vivimos en una civilización mental, en la que el cuerpo y sus percepciones suelen ser despreciados, pero todas las emociones tienen un componente corporal que no conviene descartar. En muchos casos, nuestra tendencia consiste en dar vueltas en torno a una emoción concreta, cuando en realidad ese sentimiento sólo está enmascarando otro, más profundo, que no nos atrevemos a reconocer.

Esto es vidente en lo que denomino el "bucle ira-tristeza". Muchas personas se enfadan porque no se atreven a llorar. Otros, en cambio, lloran cuando lo que necesitarían es dar un buen puñetazo encima de la mesa.

Si observas tu cuerpo e intentas re-sentir esa emoción a nivel interno, podrás ver hasta qué punto se trata de una emoción auténtica o está ocultando otra cosa. Así que busca un instante de tranquilidad (bastan cinco minutos) en el que puedas estar en soledad, y simplemente siente tu cuerpo, desde los pies hasta la cabeza.

Cada persona tiene su propio código emocional corporal y tú debes descubrir el tuyo. Pero hay algunas claves más o menos comunes. Por ejemplo, la ira puede causar una sensación de calor y un deseo incontrolable de movimiento. El miedo hace que el cuerpo se contraiga, se paralice o tiemble. La repulsión se siente en el vientre. La tristeza es acuosa y debilitante. La sorpresa causa conmoción y agitación en el corazón. La vergüenza, ganas de esconderse y también calor en la cabeza y en la cara.

Si llevas la emoción al cuerpo, te darás cuenta de cómo empieza a mostrar su verdadera naturaleza. Al mismo tiempo, es posible que esta simple observación, permita que la emoción comience a despejarse. Ya no piensas tanto, ni te dejas llevar con tanta facilidad por el sentimiento. Es el momento adecuado para dar el siguiente paso.

Afrontar la emoción

Algunas emociones conflictivas son necesarias, ya que ¿acaso no es normal irritarse frente a una injusticia sufrida? ¿No es lógico que uno sienta repugnancia ante un comentario soez?

Ahora bien, ninguna emoción conflictiva debería ser mantenida durante mucho tiempo, puesto que genera malestar y acaba afectando a la salud. Las emociones conflictivas, una vez reconocidas, deben ser afrontadas para poder ser liberadas.

Si se trata de una emoción crónica, quizá deberías cuestionarte por qué tienes esa forma de reaccionar. ¿Era la emoción predominante en tu familia? ¿Te enseñaron a actuar así? ¿Procede de algún trauma pasado? ¿Tiene una causa física? Averigua el origen, y si es necesario, busca ayuda profesional para tratarlo.

Por otra parte, algunas emociones agudas requieren una confrontación. Por ejemplo, si tu pareja ha hecho algo que te enfurece, es preciso hablar de ello. Si alguien te dañó en el pasado, tienes que expresar el perjuicio que sufriste. Y tienes que tomar decisiones.

Como no siempre es posible confrontar con la persona que ha causado el daño, existen técnicas alternativas que pueden ser de utilidad. Por ejemplo, siéntate en una silla y ubica una silla vacía frente a ti. En esa silla puedes sentar (imaginariamente) a la persona con la que deseas confrontar, expresando en voz alta lo que ocurrió y lo que sientes a causa de ello. También se puede usar un cojín o un muñeco. Otro medio para confrontar el daño sufrido consiste en escribir una carta, de puño y letra, explicando lo sucedido.

Una forma simple de afrontar la emoción consiste simplemente en preguntarse: ¿para qué sirve este sentimiento? ¿Cuál es su función en mi vida?

Afrontar las emociones puede ser un proceso doloroso y hay que permitir que surja lo que tenga que surgir: lágrimas, palabras gruesas o sentimientos de impotencia.

Desarrollar una emoción sanadora

Una vez has reconocido la emoción conflictiva y has descubierto su papel en tu vida, ha llegado el momento de soltarla. Ella ya ha cumplido su función, que es avisarte de que algo no va bien, pero debe irse antes de que se cronifique y desemboque en una enfermedad.

En contra de lo que se suele pensar, lo negativo forma parte de nosotros tanto como lo positivo. De este modo, lo negativo no puede ser extirpado como un tumor, sino que la forma más efectiva de acabar de disolverlo es desarrollando una emoción positiva que ocupe todo su espacio en nuestra conciencia.

Cuando se han realizado los pasos anteriores, la emoción ya habrá reducido su intensidad lo suficiente como para que sea relativamente fácil desarrollar emociones y acciones positivas como las siguientes:

Pero hay que tener clara una cosa: en este camino no valen atajos. Intentar desarrollar la emoción positiva sin saber la verdadera naturaleza de la misma y sin haber confrontado el hecho causante, es un autoengaño que no conduce a ninguna parte.

¿Es así de simple? La mayor parte de las veces, sí.

© Octavio Déniz