La inocencia y la culpa Sistémicas

El concepto de conciencia sistémica está unida a los de inocencia y culpabilidad. En cualquiera de las tres esferas (vinculación, equilibrio y orden), la persona se sentirá inocente o culpable dependiendo de cómo actúe con respecto al sistema. Este equilibrio es muy precario, pues en muchas ocasiones, para mantener la inocencia en un extremo hay que incurrir en la culpa en otro. En este aspecto, cada sistema tiene su propia conciencia.

En la inocencia y la culpa hay al menos dos niveles. En un nivel más superficial, muchas personas que han sufrido buscan la inocencia como un medio para reivindicarse ante los perpetradores. Esta inocencia se asemeja bastante al victimismo, mediante el cual, la persona se refugia en su dolor y, pretendiendo hacerse pequeña, en realidad, busca ponerse por encima del agresor. En este plano, la existencia del inocente requiere la existencia de un culpable (o varios) sobre el que se vierten los reproches.

Una forma de pasar la culpa al otro en el ámbito de las relaciones personales es a través de los celos. La persona que sufre los celos, secretamente desea romper la relación, pero para sentirse inocente, sospecha de su pareja. De este modo convierte a la pareja en culpable ante sus ojos y se reserva la inocencia para sí. El resultado muchas veces es el deseado por el celoso, la ruptura de la relación.

Un caso particular de inocencia y culpabilidad es el relacionado con el incesto. En la dinámica del incesto, frecuentemente la madre entrega (de manera inconsciente) a la víctima a su perpetrador. De este modo se solucionan a veces graves conflictos entre el dar y el recibir en el seno de la pareja (por ejemplo, cuando la madre exige de su segunda pareja que actúe como padre de sus hijos). El hijo o hija que padece el incesto lo vive con culpabilidad, sin darse cuenta de que es presa de una dinámica que le ha venido impuesta por la generación anterior. En estos casos, es fundamental que la víctima encare la dinámica y de este modo pueda recuperar su inocencia inicial.

En Constelaciones Familiares la solución se siente muchas veces como culpabilidad, y sólo se llega a través de ella a través de la culpa. Esto es así porque llegar a la solución implica, en primer lugar, reconocer las vinculaciones sistémicas que existen entre perpetrador y víctima. En este contexto, la solución se siente como una amenaza, ya que la víctima se ha acostumbrado a su papel, y encuentra un beneficio en él. Por eso no es extraño que muchas personas que se han acostumbrado a ser víctimas, se resistan a solucionar sus problemas. El problema, aunque doloroso, es conocido, la solución, en cambio, parece amenazante. Pero una vez que se ha encarado la solución, una vez que se ha visto la verdad que subyace dentro del sistema, ya no hay manera de recuperar esa inocencia. La solución lleva a una soledad momentánea. Recursos como la pena o el victimismo, a los que la persona se había acostumbrado, ya no sirven.

Por su parte, y de manera paradójica, el culpable suele ser más humilde que el inocente, pues conoce sus actos. Frente a la arrogancia que a veces muestran las víctimas, los culpables no tienen más remedio que ocultarse y alimentar su resentimiento. Pero cuando las implicaciones sistémicas han sido puestas de relieve, cuando el inocente ha percibido su arrogancia y cuando el culpable ha encarado las consecuencias de sus actos, se puede llegar a un nivel más profundo de inocencia. En este plano, las personas se reconocen como humanos sujetos a sus limitaciones y a fuerzas que a veces son más poderosas que ellos. En este plano más profundo, todos somos inocentes y al mismo tiempo todos somos responsables.

Dicho todo lo anterior, hay que dejar muy claro que el proceso de Constelaciones Familiares no busca culpabilizar a las víctimas, sino que se trata de situar todo el problema en una perspectiva más amplia, en la que sean visibles las conexiones entre unos y otros y en el que haya posibilidad de que se genere un espacio para la reconciliación.

Cuando una persona comete un crimen o atenta contra otra persona, ha de afrontar las consecuencias de sus actos hasta el final, sin justificarse ni buscar una redención. Pero al mismo tiempo, el sistema y la sociedad deben permitirse ser compasivos con esa persona, o al menos, no ser más crueles que el criminal. De este modo, se deja espacio para la responsabilidad y para la reconciliación.

© Octavio Déniz